Hace tiempo que existe la idea de que Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día, 23 de abril de 1616. En rigor, median muchas dudas en esta afirmación, debido a cambios de calendario e inexactitudes de registros propios de la época.
¿Por qué, si la historia probaría aparentemente que tal coincidencia nunca existió, nos empeñamos todavía en ponerlos en relación? No los unió la vida, tampoco lo habría hecho la muerte, muchos dudan que hayan leído en efecto las obras del otro. ¿Qué une a Shakespeare y a Cervantes y por qué seguimos hablando de ellos, incluso cuando hacemos referencia a obras muy posteriores? (La sombra del misterio de Cardenio es tan tentadora como intangigle: no hay manuscrito).
Jan Kott, un famoso crítico y teórico teatral polaco, calificó a Shakespeare en un título de sus libros como “Shakespeare, nuestro contemporáneo”. ¿Qué podría decir de nosotros un poeta muerto en Stratford-upon-Avon en 1616? Don Quijote de la Mancha se considera la primera novela moderna de habla hispana. ¿Qué antecedente de la producción literaria pudo asentar un hombre que moría en Madrid allá lejos y hace tiempo en Madrid del mismo año?
Es precisamente por esa contemporaneidad que leemos en sus obras que nos atrae, creo yo, a seguir hablando de ellas, a revisitarlas y a resignificarlas. Porque, al fin, ¿qué es más contemporáneo que Hamlet cuestionándose cómo actuar, dividido entre sus propios deseos y sus deberes, como hijo, como príncipe, como hombre, preocupado por sus actos y las consecuencias que estos pueden llegar a tener en el mundo? Al fin, ¿no es tremendamente actual en un mundo de tanto acceso cultural Alonso Quijana, viendo el mundo a través de su biblioteca, actuando en el mundo como Don Quijote de la Mancha obedeciendo a la lógica de los relatos que él considera ciertos?
Ambas obras confluyen, más allá de intentar aciertos biográficos, en traer inquietudes pasadas que se vuelven presente: la multiplicidad del alma humana, los infinitos papeles que representamos y la idea de que hay tantas realidades como percepciones e interpretaciones se hagan de ella.
Es en este gesto absolutamente moderno de reconocernos personajes del mundo, actuando nuestras escenas cotidianas, enfrentando simples molinos creyéndolos monstruos furibundos, creyendo de que no existen cosas ni buenas ni malas sino que pensarlas las vuelve de una u otra manera, que nos volvemos a reconocer en voces que se nos alejan en el tiempo pero que en la caracterización de las pasiones y las intrigas del alma humana se nos acercan.
Nos miramos en estas obras magníficas como en un espejo distorsionado por nuestra propia mirada de época. Lo maravilloso de por qué mueven tantas lenguas, echan a correr tanta tinta creo que es porque nos reconocemos y, como todo clásico, todavía tienen algo para enseñarnos sobre nosotros mismos.-



