miércoles, 25 de marzo de 2015

"Come at once if convenient. If inconvenient, come all the same."

Me acuerdo que mi papá me regaló las ediciones íntegras de Las aventuras de Sherlock Holmes junto con Robinson CrusoeLos tres mosqueteros y Viaje al centro de la Tierra el mismo día. Ediciones tapa dura de Altaya: páginas blancas, letras negras. Pocas ilustraciones, blanco y negro. Sobrias.

Libros de nena grande.

Más que un éxito instantáneo, resultó ser una victoria a largo plazo. No leí ninguno en ese momento: a los nueve años estaba más interesada en las historias de Elsa Bornemann (La edad del pavo, ¡Socorro!) y cuentos de la colección Colihue para chicos. Más adelante, curiosa por los clásicos, los encontré en el fondo de la biblioteca.

El primero que leí completo fue Las aventuras de Sherlock Holmes.

Y fue un viaje de ida.

Tardes enteras llenas de casos, algunos más favoritos que otros. Cuando llegó la hora de preparar El sabueso de los Baskerville para el colegio, yo ya lo había leído varias veces: se había sumado hacía tiempo a la colección siempre creciente de relatos del detective de Conan Doyle.

Más allá de las historias en particular, lo que me maravillaba (y sigue maravillando) es la fantasía de una mente tan brillante como excéntrica que puede entender los mecanismos de un mundo absolutamente reglado, que puede proponerse resolver los planteos más elaborados. Una mancha de cemento en un zapato, un rastro de huellas en el lodo: todo es una pista, una pieza de un rompecabezas más grande, susceptible de ser reconstruído por quienes sepan entenderlo. Todo lleva detrás un motivo que, explicado, retira el velo de misterio y nos lo hace parecer obvio.

Las ilustraciones de Sidney Paget fueron siempre para mí la imagen de Sherlock Holmes. 

Con Holmes no tenemos necesariamente esa escena de develación teatral con todos los sospechosos reunidos especialmente para la ocasión. La explicación llega pero el relato no se agota en resolver el enigma. La deducción es siempre impulso para la acción. 

Muchas veces la justicia llega a tiempo. Algunas pocas, demasiado tarde. 

Es todo parte del oficio. 

Una vez sobre la pista, el detective no escatima recursos. El talento para el disfraz, la pasión por la persecusión junto con su temeridad y su sorprendente resiliencia hacen de Sherlock Holmes una figura compleja: el estatismo del método es sólo aparente o momentáneo. Los relatos son de una vitalidad cautivadora. 

Hace aproximadamente un mes, The Telegraph (diario para el que parece que trabajo, por la cantidad de veces que lo cito, pero que resulta que publica cosas que me resultan interesantes) publicó un artículo acerca de que se ha encontrado un relato desconocido para el canon sherlockiano, aparentemente escrito por Arthur Conan Doyle (cuento disponible en el enlace). Suelo ser bastante escéptica ante estos "descubrimientos" tantos años más tarde, pero para eso está la crítica especializada. Quizá en algún tiempo, no tan lejano, lo veamos formar parte de las nuevas ediciones.

Lo dejo a los entendidos.

Por mi parte, creo que voy a poner pausa al Proyecto Lectura 2015 por un ratito para revisitar Baker Street y leer El misterio de Boscome Valley una vez más.

Equivocarse más, equivocarse mejor.

Hace un tiempo me encontré con una nota de una muestra interesante: una exposición dedicada al error.

Transitamos tiempos de excesivo exitismo, en los que la respuesta correcta - si es que existe tal cosa - es la única que importa. La frustración llega cuando intentamos vivir la vida a partir de esos parámetros. ¿Cómo reducir nuestra experiencia diversa, confusa y ambigua a los recorridos estrechos de planes rectos y seguros? ¿No será que tenemos que pensar(nos) de otra manera? Quizá necesitemos reevaluar en nuestro fuero interno qué consideramos como "éxitos" y "fracasos".



Podemos empezar por reivindicar el error y fortalecer el deseo. No nos definen nuestros errores sino nuestra capacidad de admitirlos y sobreponernos a ellos. Tropezarnos, además, nos mantiene despiertos: nos recuerda que somos humanos y no divinos.

¡Rescatemos el lado creativo de las limitaciones! Muchas veces nos obligan a imaginar posibilidades. Maurice Béjart, en sus Cartas a un joven bailarín, decía que tener todo el tiempo que quisiera era lo peor que le podía pasar porque no terminaba ninguna coreografía; en cambio, cuando tenía un plazo de entrega, le era muchísimo más productivo en términos de su producción artística. Esta pequeña anécdota nos muestra una resignificación productiva de la limitación y también habla de la necesidad de tener una disciplina. La disciplina, tanto en el arte como en el deporte, nos enseña a medir fuerzas, probar la fortaleza de nuestras resoluciones, y, en última instancia, nos ayuda a alcanzar los objetivos que nos vamos planteando en el camino.

"El que hace se equivoca". Hagamos más, deseémos más (¡me uno con cada cuerda vocal al grito de El universo de lo sencillo que lo difunde a los cuatro vientos!). Querámonos más y tengámonos paciencia.

Que esto sirva de arenga para lanzarnos hacia la aventura, no de manera inconsciente, sino al contrario, súmamente conscientes de nuestro deseo y de nuestra capacidad de sorprendernos.

El comienzo y el final nos son ajenos. El nacimiento es irreversible, la muerte es irremediable. Es nuestra responsabilidad que lo que hagamos en el medio, sea, por lo menos, inolvidable.

martes, 24 de marzo de 2015

Puntas musicales: Ella Fitzgerald, "When or When".

La escuché por primera vez al ver The English Patient de Anthony Minghella (creo recordar que Ralph Fiennes en una entrevista en el programa Desert Island de la BBC mencionó que Minghella era fanático del jazz y swing de las grandes bandas, a tal punto que antes de empezar el rodaje lo llenó de discos de pasta para escuchar).

La canción original es de un musical de Rogers y Hart llamado Babes in Arms. Rápidamente llegué a la versión cantada por Ella Fitzgerald. Y me enamoré:


La canción va y viene, no sólo en el swing propio de la composición, sino también sobre un mismo punto: en algún momento dos personas se han visto y se han atraído, se han hablado y enamorado, aunque no recuerdan cuándo y dónde. Se han separado para volver a encontrarse. Se han visto y se han reconocido amantes. La atracción es, a la vez, remota e inmemorial.

Irresistible.

We looked at each other in the same way then
But I can't remember where or when

En la escena entre Kristin Scott-Thomas y Ralph Fiennes, el baile los reúne pero es secundario al duelo de miradas. Allí se está jugando todo: la declaración, la propuesta y la necesidad de estar juntos.

Él la mira casi sin pestañar. Ella, que hasta un momento tenía ojos para todos, baja la vista.


Es inevitable. Ahora, como antes y como siempre, ella termina levantando los ojos, abriendo las pestañas y entregándose a la mirada del otro. 

La corporalidad, las actuaciones, todo al ritmo de una música subyugante. Si me preguntan, y sin saber de cinematografía, este es un momento en el que todo encaja. Dan ganas de señalar la pantalla y decir, "pucha, quiero con todas mis fuerzas mirar y ser mirada así, con ese deseo, con ese swing". 


viernes, 20 de febrero de 2015

Puntas cinematográficas: The Grand Budapest Hotel (dir. Wes Anderson, 2014)

Bueno, esta es otra de mis favoritas, junto con The Fall.

Estaba leyendo este artículo de Open Culture acerca de la cinematografía de Wes Anderson cuando una frase saltó por encima de las otras: "Todas las películas de Wes Anderson son comedias y, al mismo tiempo, no lo son".

No estoy familiarizada con sus otras películas (aunque me las han recomendado bastante) pero creo que no hay mejor manera de describir lo que pensé después de verla por primera vez. Porque si bien tiene una dinámica muy atrapante de misterio por resolver al estilo, por ejemplo, de The 39 Steps de Hitchcock, un ritmo muy cómico (muy particular de su director, al parecer), secuencias que recuerdan al cine blanco y negro de los Hermanos Marx o incluso, a veces, de Chaplin, toda la pieza está inundada por una melancolía indescriptible, en la medida que habla de un mundo que ya no está cuya gloria sólo es recuperable en el plano del relato que Zero Mustafa reconstruye para su oyente (y para nosotros).


Quizá parte de esta melancolía surja de los textos de Stefan Zweig que el mismo Anderson utilizó como inspiración para uno de sus personajes principales, el de Mounsieur Gustave H. (papel interpretado magistralmente por el siempre maravilloso Ralph Fiennes y que le valió otra nominación al Oscar).  


La obra de Zweig se afianza en un intento de recuperar la imagen de Viena antes de la guerra, (re)construir una ilusión lo suficientemente sólida para escapar de la realidad de la ocupación nazi y la destrucción de un mundo que nunca sería el mismo.

Gustave H., con todas sus excentricidades y frivolidades, emerge como uno de los héroes de la historia en la medida en que apuesta por la decencia, la gracia y el decoro en un mundo cada vez más gris.

Zero dice de él:  
To be frank, I think his world had vanished long before he ever entered it. But I will say, he certainly sustained the illusion with a marvelous grace.
El Gran Hotel Budapest es una intitución tan legendaria y una especie tan extinta como su concierge. Llegamos para verlo en ruinas, ni siquiera una sombra de su pasado de esplendor. Éste sólo queda preservado en la fantasía elaborada por la memoria de Zero Mustafa y destreza del escritor a quien le cuenta sus desventuras.

Esto es importante. Sin Zero no tendríamos nada, el hotel sería otro establecimiento en decadencia y M. Gustave no habría entrado nunca en nuestras vidas. Zero es alguien que, como su precursor, se ha arraigado a una fantasía (el hotel, por todo su lujo imposible, no es más que una maqueta, como nos recuerdan tantos cuadros de la película) para escapar del horror de la guerra, de la persecusión, y para preservar (en el hotel, en su relato, en el relato del escritor) la presencia de las dos personas más importantes en su vida, Ágatha y M. Gustave.


Gustave, Ágatha y Zero comparten la vocación de crear belleza en medio de un mundo bombardeado, asediado, escindido. Comparten la apreciación del lujo asociado con el refinamiento, la creencia de que incluso en el peor de los mundos, tanto el arte y la poesía como la lealtad y el respeto por el otro deben tener un lugarcito en nuestra alma, por más chiquito que sea, ya que son constitutivos de nuestra humanidad.

Es una película que, incluso con toda su pátina de tristeza, me reconforta. La vería una y otra vez.

[Hablando de libros, ¡qué dicha sería hacerse con The Society of the Crossed Keys: Selections From The Writings Of Stefan Zweig, Inspirations For The Grand Budapest Hotel!] 

jueves, 19 de febrero de 2015

Hamlet isn't just Hamlet

Oh, no! Hamlet is me, Hamlet is Bosnia, Hamlet is... this desk! Hamlet is the air! Hamlet is my grandmother. ~ In the Bleak Midwinter (dir. Kenneth Branagh, 1995). 
Kenneth Branagh sí que se dio el gusto: contó en In the Bleak Midwinter la historia de un actor en crisis que necesita reencontrarse con su vocación y decide hacer una cooperativa para montar Hamlet en Navidad. Un año después estrenó su propio Hamlet de 1996 (una versión monumental, no sólo por su elenco plagado de celebridades, ni por la dirección de arte o los escenarios espectaculares, sino por su extensión: ¡casi cuatro horas!).

Versiones. La obra shakespereana ha sido rescatada y reinterpretada a través de las épocas. Distintas tradiciones la han visto y reformulado desde su óptica particular: han partido y vuelto a ella, muchas veces para hablar de sí mismas y su propio tiempo más que de la producción isabelina.

Elementos de las obras han resultado ser altamente productivos y muy valorizados por narrativas modernas: tomemos como ejemplo la problemática ligada a la disputa por el poder tal como se plantea tanto en El Rey León - reescritura de Hamlet - como en la popular serie de Netflix, House of Cards - que se nutre tanto de Macbeth como de Richard III (incluso de Julius Caesar cuando Francis Underwood, caminando por los pasillos de la Casa Blanca, cita a Marco Antonio al decir "cry 'havoc!' and let slip the dogs of war!").

Parecería que no podemos dar dos pasos sin toparnos con el Bardo, ¿no?. Bernard Levin, a través de la concepción del lenguaje como "un mosaico de citas", nos muestra cómo han perdurado en el inglés moderno expresiones de la obra de Shakespeare.



En este sketch, el talentoso elenco de Horrible Histories nos lo dice con un mucho más swing:


Shakespeare nos rodea. De manera literal, en este momento, en Buenos Aires, ya que a partir de mañana empieza una nueva edición del Festival Shakespeare, una propuesta que reúne espectáculos, cursos, charlas y proyecciones en diversos centros culturales, teatros y espacios de la ciudad. (¡Las entradas son gratuitas y los cupos limitados, así que a no dormirse!)

Hamlet isn't just Hamlet. Y sí. La realidad es que, más allá de las reflexiones acerca de lo que se ha hecho y se hará con la obra de Shakespeare, cuando algo nos gusta es inevitable encontrarlo en todas partes. 

martes, 10 de febrero de 2015

Puntas cinematográficas: Frances Ha (dir. Noah Baumbach, 2013)

Que un viernes esté viendo nada más y nada menos que Frances Ha y que el próximo viernes me esté yendo unos días de vacaciones con una amiga a las sierras me parece algo maravillosamente perfecto.



Esta película vino a mí de casualidad. Creo que vi una foto o una frase en un blog ignoto hace no mucho tiempo y decidí que tenía que verla. No conocía ni al realizador, ni a los actores, sólo que formaba parte de la colección Criterion, que estaba en blanco y negro y que era terriblemente reciente.

Los avances me habían prometido una comedia desopilante que nunca llegó. Creo que puedo asegurar sin mentir que no me reí en ninguna parte. La vi, la terminé y seguí con mi día, con la única diferencia de que no podía dejar de pensar en ella.



Frances y Sophie son mejores amigas. Viven juntas, toman el subte juntas. Se esperan, se llaman, se necesitan. Se parecen y son diferentes. Frances se define en función de Sophie. Esa es la amistad, eso es el amor, ¿no? ¿Pensarse en función del otro? Frances opinaría que sí.

Ambas tienen una vida imaginada que están poniendo en acto en Nueva York. Sophie quiere ser editora, Frances, bailarina de danza moderna. Sueñan con el éxito y con viajes a París. Siempre juntas. Ellas contra el mundo. Thelma y Louise, sólo que sin acantilados.

Frances Ha tiene dos cosas que me resultan terriblemente interesantes:

Mirarse, realmente mirarse y decirse la verdad es una de las cosas más dolorosas y difíciles que existen. Hay un momento en que tenemos que enfrentarnos con esas cosas que no nos gustan de nosotros para poder definir exactamente qué queremos ser. En Frances vemos a alguien que se escapa permanentemente de esta confrontación, que se aferra a una fantasía caduca con tanto ahínco que las mentiras a sí misma y hacia los demás llegan al punto del absurdo.

Relacionado con esto está la naturaleza del amor: en la película está permanentemente el valor del equipo, de la familia, de los afectos, de los amigos; la realización personal no significa que estemos solos, pero el hecho de que estar con otro significa justamente no olvidarse de uno mismo, no desaparecer en el otro.

Ser uno con otro es ser dos distintos que eligen acompañarse.

Esta película tiene una de las mejores definiciones de amor o de lo que es, para mí, estar en una relación. Ese ser con otro. Esa tranquilidad de saberse parte:
It's that thing when you're with someone, and you love them and they know it, and they love you and you know it... but it's a party... and you're both talking to other people, and you're laughing and shining... and you look across the room and catch each other's eyes... but - but not because you're possessive, or it's precisely sexual... but because... that's your person in this life. And it's funny and sad, but only because this life will end, and it's this secret world that exists right there in public, unnoticed, that no one else knows about. It's sort of like how they say that other dimensions exist all around us, but we don't have the ability to perceive them. That's - That's what I want out of a relationship. Or just life, I guess. 
Tanto en los desplazamientos físicos como los viajes emocionales, la premisa sería la misma: no necesitamos ir siempre uno al lado del otro sino seguirnos, confiar en que nos alcanzaremos en algún punto del camino y vamos a estar muy felices de encontrarnos otra vez.

lunes, 26 de enero de 2015

Y a veces escribo: De amor, herido.

Desconozco cuántos estudiantes de Letras entran en la carrera porque quieren ser escritores. Pero me aventuraría a afirmar que la mayoría, en algún momento, con más o menos arrojo o disfrute, hemos intentado escribir. Ficción, me refiero.  

Tuve hermosas experiencias en talleres literarios. Este texto, sin embargo, me sorprendió en medio de una cursada. 

Fue en plena Literatura Española Medieval. Estábamos leyendo sobre ficción sentimental, el concepto de amor cortés y la lírica cancioneril. Creo que no casualmente, por esa época también, me la pasaba escuchando Lorquianas, un CD de Ana Belén en el que canta, con distintos arreglos, canciones cuyas letras son poemas de Federico García Lorca. 

Claro. Era cuestión de tiempo. 

Se alinearon una relectura de Cárcel de amor de Diego de San Pedro y Herido de amor por la dupla Lorca-Belén: y cuando me quise dar cuenta, los dedos se me fueron solos sobre el teclado. Y aquí estamos: 


“…vile meter en una prisión dulce para su voluntad y amarga para su vida, donde todos los males del mundo sostiene.”

Cárcel de Amor de Diego de San Pedro


Ya de amor herido,
corazón en carne sangrando,
está el enamorado temblando
de violenta pasión, cautivo.

Cadenas de Cárcel le atan
en dulce sometimiento
y contra todo entendimiento
manteniéndole vivo le matan.

Soporta Leriano el asedio
de mil torturas sin mengua
sufriendo crueldad sin tregua
de dama que no da remedio.

¡Quiera Fortuna latente
darle servidor piadoso
que lleve a su Alma reposo
y a escribir sus cuitas le aliente!

*

Lenta carta florece
contando de su servicio,
de a poco en cada suplicio
escribiendo, desfallece.

Amor le insta a pedir
galardón de tal tamaño:
que a Laureola le pese sin daño
el mal de su sufrir.

*

(Arrojado entre penares
su mera existencia denuesta:
“¿Qué clase de vida es ésta
que por ella no puedo vivir?
¡Mayor bien es morir
de Amor esperando respuesta!”).




Parafraseando a Petrarca, uno podría decir que el poeta no es poeta por la mujer a la que logra seducir, sino por la que no le da bola. Laura es su Daphne y, escapándosele, lo convierte en Apolo. El texto es el único cuerpo que el poeta alcanza. Lo moldea, lo construye de palabras y el toque de la pluma, como el del dios a la ninfa, hace que Laura sea laurel, su laurel, laurel de poeta laureado. Consagrado, sí, pero enfermo de un amor terrenal por la musa. 

El poeta sufre como Leriano. Ambos, enfermos, desfallecientes, enamorados, escriben. Quizá esa pulsión de tener, de leerse y ser leído, de alcanzar aunque sea con la palabra lo que más se ambiciona es lo que me contagió, lo que me empujó a que yo también hiciera como ellos y me muriera un poquito, por un rato, en un poema. 

Ahora también hago como el enamorado, y comparto, con esperanza y sin remedio. 



Bonus track: literalmente, el track de Lorquiana. Amor y sufrimiento: poema de Lorca, voz de Ana Belén y música de Joan Manuel Serrat. Im-per-di-ble.